Huyó de los muros y grises salones,
buscando la hierba que crece a su antojo,
lejos del hierro de las podadoras,
pintando la tierra con ocre y con rojo.

En noches de París,
de luces y sombras,
buscaba el consuelo en la copa de ajenjo,
la absenta esmeralda que hería y calmaba
a un alma turbada frente a su reflejo.
Descubrió en la calle,
mirando al vacío,
lo que ni Picasso ni un sabio vería:
que la noche oscura no es solo tinieblas,
que tiene más vivos colores que el día.
El negro del cielo rompió en espirales,
mostrando que el cosmos de azul se vestía.
A solas cargó con el peso en la mente,
con males que el mundo no supo curar,
caminó entre las sombras,
sin glorias ni aplausos,
cargando angustias,
queriendo pintar.
La crudeza de un tiempo le dio la espalda,
muriendo en la sombra que no lo abrazó.
Mas hoy su tormento es un trazo sagrado,
la espátula gruesa,
el óleo vibrante;
nadie en la historia pintó de esa forma,
un lienzo de Vincent se sabe al instante.
Florecen sus soles,
giran sus cielos,y el mundo,
por fin,
ante él se rindió.
por Pablo María, luego de la muestra
VINCENT, en Congreso y Exposiciones
de San Rafael , Mendoza, Argentina.

