¿Serviendo? En la oscuridad

Servir: pronunciación [seɾˈβ̞iɾ]. Etimología del latín “servire”, del protoindoeuropeo *ser-.

¿Héroes?

“No se puede vivir sin héroes, santos ni mártires. La esencia de la vida consiste en ser fiel a lo que uno cree su destino, importancia de la autenticidad y la búsqueda de propósito en la vida. Tenemos que abrirnos al mundo pero los que habitan el mundo no nos coman al mismo tiempo. No considerar que el desastre está fuera, sino que arde como una fogata en el propio comedor de nuestras casas.”

(Tomado de “Sobre tumbas y héroes”, Ernesto Sábato).

Pasillos de hospital desiertos; aula en penumbra; patrullero bajo la lluvia en una calle vacía. La ciudad duerme, ajena al sacrificio anónimo de rostro sin nombres ni famosos. En un hospital silencioso, un médico avanza con las manos temblorosas. Los médicos también tiemblan… En la soledad de su casa, una docente corrige trabajos a la luz de una lámpara baja o que no es la más correcta para que sus ojos no se dañen. Bajo la lluvia, un policía patrulla calles desiertas con la mirada perdida. Distintas vocaciones, la misma miseria emocional.

Sacrificio sin recompensa no solo monetaria sino más bien humana.

Un médico estudiando expedientes con historias clínicas con letras inconcebibles de comprender o entender y al mismo tiempo ser como si fueses un egiptólogo tratando de descifrar jeroglíficos o peor aún letras de la antigua Babilonia que aún siguen sin entenderse. Digno de enviar a esos médicos o secretarios a recursar toda la escuela primaria y de primer año hasta séptimo que completen un cuadernillo de caligrafía de cien hojas para que aprendan de una vez por todas; una maestra corrigiendo una pila de pruebas; un cadete policial entrenando bajo el sol. En paralelo, vecinos aplaudiendo desde balcones; titulares en la prensa que dicen “Héroes”; profesionales de bata blanca y guardapolvos protestando en las calles. Más de 40 exámenes aprobados a través de exámenes insoportablemente estresantes con profesores que también son médicos y que tienen un nivel de agresividad casi inconcebible y muy cercano con rasgos psiquiátricos, posgrados, cursos interminables: años de formación para ¿salvar vidas, educar mentes y proteger comunidades?. Noches sin dormir en guardias eternas de hospitales colapsados; madrugadas preparando clases con sueldos de hambre ( ¡ah! ¡Pero te dan de comer y cenar ! “Además te pagan para recibir educación y al mismo tiempo trabajar”, no te quejes, (típico relato de un residente mayor a otro inferior que no le interesa nada de nada en absoluto lo que sabe perfectamente que él ya pasó y solo está repitiendo los castigos y la espiral que desde ya es algo totalmente anacrónico en esta época del posmodernismo y la era de la computación, las redes cibernéticas y el surgimiento de las inteligencias artificiales. Turnos de 24 horas patrullando barrios olvidados, enfrentando el frío y el miedo. Condiciones laborales inhumanas. Aun así, siguen adelante, impulsados por una vocación que la sociedad les exige. “Ustedes tienen un juramento hipocrático” o “ustedes juraron ante la patria defendernos”. ¿Y la recompensa por tanto sacrificio? Un aplauso vacío. Los llamamos “héroes” para aplaudir un instante y luego mirar hacia otro lado. La sociedad romantiza su vocación y les exige sacrificios a cambio de migajas, como si la vocación pagara el alquiler. Su dedicación se presume obligatoria, su pasión se usa como excusa para explotarlos.

Frío digital, calor humano

Sala a oscuras iluminada por la luz azul de un monitor; rostro exhausto de un médico reflejado en la pantalla o historias clínicas de papel que vuelvo a repetir que están plasmadas de letras que no se entiende nada como si fuese una burla de otros que supuestamente son colegas, pero que no lo son ya que no fueron al mismo colegio y se hubiesen ido deberían tener un poquito más de respeto para el lector si alguna vez iba a leer su desastrosa letra que da asco, literalmente hablando, entienda por lo menos a través del contexto. Pero ni eso… Luego, el mismo médico acaricia a un perro que apoya la cabeza en sus rodillas, de esos perros locos que andan por ahí y raramente viven cerca de los hospitales o adentro también. Ni hablar de los perros, mascotas o cuasi hijos de estas personas cuando llegan a sus casas que con los ojos les preguntan en silencio y casi con algún sistema que aún no podemos revelar a través de algo así como la telepatía que les dice ¿Dónde estuviste tanto tiempo afuera?, ¿Por qué estás tan triste, enojado y cansado?

Era digital: la era de la IA y Google

Respuestas instantáneas y pantallas brillantes. Pero ninguna inteligencia artificial sostendrá la mano de un moribundo a las tres de la mañana (por el momento ya que cualquier cosa podrá suceder porque estoy dudando realmente si los robots serán más humanos que los humanos).

¿Ningún buscador calmará las lágrimas de una maestra al ver a sus alumnos con hambre? Ningún algoritmo patrullará nuestras calles ni arriesgará la vida por nosotros. La tecnología ayuda, pero no abraza. Un perro fiel lame lágrimas silenciosas: ese vínculo con un animal nos recuerda la empatía auténtica, el cariño sin condiciones. En un mundo de corazones endurecidos, esa lealtad es el último refugio para un alma al límite.

Verticalismo anacrónico y justicia lerda, perezosa, muy ciega, comprada.

Médico residente exhausto reprendido por un superior; enfermeros improvisando equipos con materiales precarios. Cada vez menos insumos porque hay que “achicar” gastos. Dentro del sistema de salud, la injusticia también viste bata blanca. Un verticalismo impone silencio: órdenes dictadas desde despachos ajenos al caos del hospital en oficinas de directores o gerentes asistenciales que hasta tienen escaleras propias para tener contacto cero con otros médicos y que olvidan su pasado de forma increíblemente rápido cegados por política que existe en la salud pública preferentemente. Todo lo que toca la política lo destruye incluyendo y con mucha intensidad en la medicina. La crítica se castiga y la obediencia ciega se premia, abriendo una brecha abismal entre la teoría y la sala de guardia, donde el paciente pobre es despreciado y el profesional deshumanizado. También el paciente pobre que reclama sin límites pidiendo más derechos que deberes u obligaciones que él mismo nunca respetó y por tal sentido está en su pobreza que nada tiene que ver con humildad sino más bien porque nunca le interesó letrarse, como tampoco nunca defenderse pero sí reclamar en un hospital como también en una escuela o una comisaría que tiene más derechos que obligaciones. Un sistema que en vez de sanar, enferma a quienes lo sostienen. Los que resisten dentro confiesan sentirse miserables, Burn out o con síndrome de Tomás.

Brecha global e hipocresía

Niños descalzos pidiendo comida en un barrio marginal; rascacielos lujosos brillando a lo lejos; banquete opulento en la TV. Afuera, el mundo arde en desigualdad: millones de niños se duermen con hambre mientras en otras mesas se tira comida. Nos hemos acostumbrado a aplaudir la pobreza “digna”: nos enternece el niño que estudia bajo un farol cuando deberíamos indignarnos principalmente cuando los padres no planearon su familia y creyeron que era fácil y siempre alguien los iba a ayudar como también darle trabajo y beneficios. Pero la verdad es otra, el romanticismo de la utopía y la práctica totalmente fría, más dura que paragolpe de Falcon. El sistema capitalista extremo y salvaje que no tiene nada que ver con el verdadero sistema del capital que con palabras mayúsculas se llama “CAPITALISMO”, aplaude la resiliencia del pobre mientras perpetúa las condiciones que lo oprimen. ESE CAPITALISMO SALVAJE, es más un sistema socialista donde unos pocos deben hacerse cargo de alimentar a los otros y donde el verticalismo es totalmente presente y existente y se lo confunde justamente con un sistema de recompensa al que más se destaca o se rompe el lomo que aunque no lo creas ese sí es el capitalismo que ha sacado de la pobreza a millones y que también ha producido las maravillas más increíbles y nunca pensadas ni por los mejores cineastas o escritores futuristas.

Amanecer o crepúsculo de conciencia

Cielo clareando sobre la ciudad. El médico sale del hospital al amanecer con paso cansado; la maestra contempla la primera luz desde su aula vacía; el policía apaga la sirena de la patrulla mientras asoma el sol. Amanece. La luz revela los rostros exhaustos de quienes sostuvieron la noche. ¿Seguiremos indiferentes, durmiendo tranquilos mientras los pilares de nuestra sociedad se derrumban de cansancio, o despertaremos? ¿Crees realmente que existen personas que son esenciales y otras no?.

Que este día nos encuentre dispuestos a cambiar, que la incomodidad de esta verdad nos obligue a actuar. La grandeza de una sociedad no se mide en fortunas, sino en la dignidad que brinda a cada vida. Al final, solo nos queda la humanidad: frágil, pero nuestra. En un abrazo o un acto de justicia puede nacer la aurora de un nuevo humanismo. Despertemos, antes de que la última luz de la empatía se apague.

Si creés que la justicia no existe yo estoy con vos. Si crees que la justicia muy de vez en cuando existe, voy a estar mucho más de acuerdo con vos. Si alguna vez te pasa algo y en menos de dos o tres días estás encarcelado, Solo quiero que recuerdes que hace 17 años que en Argentina nadie se atrevió a ir contra las mafias del país y hoy que parece que alguien se acuerda que la palabra justicia existe, se la pone en duda. El reparo del daño es irreversible. Miles de muertos (sí, leíste bien: muertos) hoy no están como tampoco están potenciales genios que solo quedaron en potencial ya que el movimiento de esas personas a través de sus años los tornaron personas torpes que en su accionar no llegaron ni a la esquina porque las condiciones ambientales, sus entornos, no les dieron las condiciones óptimas para enfocarse en lo que realmente debe enfocarse el nuevo hombre. También están los que se han aventurado a dejar el rico lenguaje y transformarlo en otros que están cargados de ideologías y también de palabras totalmente burdas que la mayoría de las personas entienden mejor y que al leer un texto mucho más rico en palabras y oraciones que quizás tengan palabras o símbolos que poco a poco van desapareciendo debido a la pobreza y falta de libros, datos y horas de aula.

¿Todo es casualidad?

No. Es consecuencia. Frenar todo esto es una obligación más que una opción.